jueves, 6 de enero de 2022

Aquél que es distinto

No sé por dónde empezar, y no pocas veces me sucede. Quedo como un espectador contemplando la vasta llanura, sin rutas, sin caminos, solo lo que guíe mi destino, quedándome atónito ante lo que en un momento vespertino vi resplandecer como un fulgoroso meteorito que cruzaba el horizonte y alumbraba, dejando atónito a todo a su alrededor. Ese destino que no se define de la noche a la mañana, aunque también puede ser sorpresivo; solo conozco que la verdad la voy viviendo amanecer tras amanecer, viendo las plantas crecer y florecer a más no poder... y gracias a un gran poder, puedo sentir que mi vida empieza a reverdecer.

¡Qué afortunado soy! Y, sí. Realmente lo es, o como suelo decir, la verdad sí. Las cosas buenas en la vida sí suceden, solo es cuestión de hacer algo que no es necesariamente difícil para muchos, pero que sí es enormemente valioso en su contenido y efecto: dar amor. Amar. Cuando tengas la plena seguridad de que el amor todo lo puede, entonces sabrás que tus sueños podrás alcanzar y materializar. Y es que hay algo que me enseñaron y que lo utilizo como dogma: todo va a estar bien, lo mejor está por venir. No dejes de venir para disfrutar todo lo mejor, para encontrar agrado con la presencia del ser adorado.

Así, pues, he empezado con una idea. Con la semilla, con el germen que crecerá, se desarrollará y nutrirá; una semilla que fue traída por los mismísimos ángeles, arcángeles y querubines, quienes al son de trompetas acompañando himnos y odas celebratorias, estallan en jubilosos cantos que adornan en los palacios del cielo mismo. Otra vez soy afortunado, porque mi tierra aún es fértil, y lo que ayer era semilla, hoy es un árbol de esos que ayuda sin hacer ruido, sin buscar protagonismo. Cumple su función sin venganzas, sin buscar represalias. Este es un árbol que provee y proveerá frutos, porque hay buena semilla y buena tierra.

A propósito, me parece curioso y llamativo este árbol en tan níveo paraje estepario, sosteniéndose humilde tras una intensa y cruda tormenta. Todo el paisaje curvo, ondulante, suavizado, y aquel ente hace presencia para turbar la continuidad de los montículos, y aunque él aparezca, sin que ello parezca, no se muestra abrupto en el tumulto de nieve. Solo está ahí, como un espectador, observando y sintiendo sin musitar palabra. Luego de una marcada temporada invernal, el reverdecer de la primavera no da espera: vuelan los pájaros sobre los arroyos, nadan los peces libres sin que nada los perturbe, la frescura de la mañana que da inicio a la primavera es una sensación que, deseo, sea duradera; nuestro viejo amigo el sol nunca se fue, solo estuvo de vacaciones en otro hemisferio, y ahora nuevamente, a salir se dispone para iluminar todo el planisferio.

Volviendo con el árbol, solo espero que cuando las cosas a su alrededor cambien -porque no solo depende de él, sino de su entorno- poder verlo de nuevo crecer; notar que de sus ramas, flores y frutos, puede la naturaleza toda gozar. Me uno a ese gozo que me hace de hilaridad estallar. No hay nada que me reconforte más que poder decir y exclamar desde el corazón, que estoy agradecido con las bendiciones de la vida, de la creación. De Dios.

Por proveer una postal tan singular como esta, en la que probablemente aparezca algún oso blanco, deseo a Dios dar gracias por cubrir con su manto toda su obra y regalarle especial encanto.





domingo, 2 de enero de 2022

El origen de todo

Escuchar el Cuarteto de cuerdas nº 4, Op. 37 (1936) del compositor austriaco Arnold Schoenberg, bajo los efectos del weed, es una de las cosas más fascinantes y extravagantes del universo que he podido haber hecho alguna vez. Y no lo hice solo... Capítulo siguiente, el misterio.