Pero debemos siempre saber que no somos bien recibidos en todos los lugares, hay lugares en los que insistimos estar, pero la puerta cerrada está; quizás, hay lugares que siempre han tenido la puerta abierta, pero no nos gustaría estar ahí. Precisamente, se debe juntar el querer y el poder, querer estar en el lugar y que puedan abrir la puerta para entrar. En medio de todo ello, tocamos puertas que nunca se abrirán, otras que quedaron a medias, otras que aún no sabemos lo que sucederá. Raras son las puertas donde se siente la seguridad de tocar, pero siempre encontramos lugares donde sucede lo que siempre hemos anhelado, y que nunca se ha cumplido.
En ocasiones, primero debemos pasar por puertas incorrectas y lugares equivocados para llegar al lugar donde el alma encuentra su sentido, y donde la tranquilidad se escribe en letras de inicio y de permanencia. Después de tocar tantas puertas, a veces, llegamos al lugar correcto cansados, sin aliento, a punto de caer con las fuerzas a punto de desvanecerse. Cuando el lugar es el correcto, no importa como llegamos, con seguridad ese lugar nos va a transformar. Curar heridas profundas y superficiales, heridas que no dejen huella, sino que sane por completo la piel, tanto así que, después de muchos años el recuerdo cause risa en lugar de llanto. Cuando uno encuentra ese lugar, este se llama hogar, dulce hogar, el lugar donde nos sentimos como realmente somos, el lugar donde no se necesita mentir para encajar. El lugar que sana sin herir.
La tranquilidad de encontrar un hogar, un hogar no de nombre, sino donde precisamente, puedes utilizar tu nombre. Un hogar donde ser tú mismo es el secreto especial de la felicidad. El hogar donde reina el amor, y donde se respira con olor la felicidad.
El Bardo
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